No es falta de ganas de vivir, es exceso de evitación: La conducta suicida desde la psicología científica.

Una parte importante de los consultantes que llegan con conducta suicida no lo hacen desde la impulsividad ni desde una “falla interna”, sino desde el agotamiento. Han intentado lidiar con el sufrimiento psicológico durante meses o años restringiendo su vida...

PSICOLOGÍA BASADA EN EVIDENCIA

Ruben Urquiza

1/6/20264 min leer

No es falta de ganas de vivir, es exceso de evitación: La conducta suicida desde la psicología científica.

Una parte importante de los consultantes que llegan con conducta suicida no lo hacen desde la impulsividad ni desde una “falla interna”, sino desde el agotamiento. Han intentado lidiar con el sufrimiento psicológico durante meses o años restringiendo su vida: dejan de salir, se aíslan en una habitación, abandonan actividades sociales y familiares, reducen su mundo hasta hacerlo manejable. A corto plazo les funciona. El malestar baja. Pero a largo plazo, el costo para sus vidas es brutal.

Muchos de ellos ya pasaron por consultas psiquiátricas donde la respuesta principal fue la medicación. No siempre porque fuese necesaria, sino porque fue la única lectura disponible. Y aquí es cuando el alivio no llega (o llega solo de forma parcial) aparece un mensaje implícito devastador: “si esto no funciona, entonces el problema soy yo”.

El discurso que más se repite en sesión no es técnico, es existencial: “Ya no le encuentro sentido a nada”. Y no es casualidad. El sentido no desaparece solo. Se va erosionando cuando la vida se convierte en un conjunto de conductas de evitación cada vez más estrechas.

Lo que aparece cuando se hace un Análisis más profundo en sesión

Cuando se deja de mirar la conducta suicida como un síntoma aislado y se analiza funcionalmente, el panorama cambia. Aparecen valores claros, aunque estén enterrados bajo capas de resignación: unión familiar, cercanía social, sentirse una mejor persona, volver a participar de la vida.

La conducta suicida (o las conductas parasuicidas) no surgen porque la persona “quiera morir”, sino porque está intentando dejar de sufrir. El objetivo implícito es la evitación. Evitar pensamientos de fracaso, autocrítica constante, sensación de inutilidad, vergüenza. Restringirse trae calma momentánea. Pero también congela áreas completas de la vida.

El problema del modelo exclusivamente biomédico es que borra el contexto. Ofrece una explicación rápida, tranquilizadora al inicio, pero profundamente desalentadora a largo plazo para los consultantes. Cuando todo se reduce a un desbalance interno, la persona pierde autonomía. Y sin eso, no hay tratamiento que sostenga.

El daño silencioso del “es un problema químico”

El mensaje “tienes un problema químico” no siempre da alivio. Muchas veces instala desesperanza. Especialmente cuando se prueba medicación tras medicación y el sufrimiento persiste. El resultado no es solo frustración: es más evitación, más restricción, más aislamiento.

En la práctica clínica se observa una diferencia clara en el pronóstico. Las personas que no llegan contaminadas por explicaciones reduccionistas avanzan más rápido y con mayor compromiso cuando se trabaja desde sus valores y acción comprometida al servicio de sus vidas. No porque sean “más fuertes”, sino porque todavía creen que pueden hacer algo con su vida, incluso con dolor presente.

Cuando se devuelve sentido y dirección

La esperanza real no aparece al final del proceso, aparece antes. Muchas veces en la primera sesión, cuando la persona logra explicar su situación y la escuchamos sin reducirla a un diagnóstico. El solo hecho de estar en sesión ya es una acción valiosa, una señal de energía vital que todavía está disponible y que debemos reorientarla.

Cuando el consultante entiende que su evitación tuvo lógica, que no viene “fallado” sino atrapado en un bucle, empieza la flexibilidad. Empiezan a aparecer pequeñas señales: sonrisas breves, momentos de disfrute, más contacto con el entorno. Aprenden a identificar pensamientos intrusivos de autocrítica y, aun con ellos presentes, se involucran en actividades valiosas.

¡Y no se trata de eliminar el malestar sino de entrenarlos en acciones al servicio de sus vidas!

El rol como terapeuta

En estos casos, como terapeutas no somos salvadores ni reparadores químicos. Funcionamos más como un entrenador: alguien que ayuda a reorientar la energía que antes se usaba para evitar, hacia el afrontamiento progresivo. Acompañando las pequeñas victorias y calibrando los siguientes movimientos. El punto está en señalar avances que el propio consultante no ve. Ir sosteniendo el proceso sin prometer plazos irreales.

Lo que no se promete es clave: no hay garantías de que el sufrimiento desaparezca en un tiempo determinado. El cambio depende de las acciones que la persona ponga en marcha en sus distintos contextos de vida. Y eso, aunque incómodo, es profundamente liberador.

Un mensaje necesario

A quienes llegan con conducta suicida no les falta medicación. Les falta espacio para entender qué están evitando, qué valoran y cómo volver a moverse en dirección a eso, incluso con dolor presente.

Existen tratamientos basados en evidencia como la Terapia de Aceptación y Compromiso (ACT), Psicoterapia Analitico Funcional (FAP) y Activación Conductual (AC) desde el cual trabajamos no con el objetivos de borrar síntomas, sino en reconstruir una vida que más reforzante y con sentido para el individuo.

No porque el sufrimiento psicológico sea imaginario. Sino porque reducirlo a un desbalance químico en sus cerebros, suele incrementar la incertidumbre en detrimento de la esperanza de que aún se pueda hacer algo distinto y valioso.

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