Cuando el problema no es tu autoestima: cómo la violencia, la autocrítica y el miedo limitan tu vida sin darte cuenta

Hay personas que llegan a consulta convencidas de que tienen un problema de autoestima. Lo dicen casi como si hubieran encontrado la explicación definitiva: “Soy demasiado sensible”, “algo está mal conmigo”, “soy débil”, “los demás son mejores que yo”, “no soy suficiente”. Algunas incluso llegan a pensar que merecen las cosas malas que les ocurren o que nadie podrá quererlas tal como son. Pero el problema empieza cuando…

PSICOLOGÍA BASADA EN EVIDENCIA

Psic. Ruben Urquiza

8/25/20267 min leer

Cuando el problema no es tu autoestima: cómo la violencia, la autocrítica y el miedo limitan tu vida sin darte cuenta

Hay personas que llegan a consulta convencidas de que tienen un problema de autoestima. Lo dicen casi como si hubieran encontrado la explicación definitiva: “Soy demasiado sensible”, “algo está mal conmigo”, “soy débil”, “los demás son mejores que yo”, “no soy suficiente”. Algunas incluso llegan a pensar que merecen las cosas malas que les ocurren o que nadie podrá quererlas tal como son.

Sin embargo, cuando empezamos a reconstruir su historia, aparece una pregunta bastante más interesante: ¿cómo aprendieron a hablarse de esa manera?

Porque no es lo mismo pensar que una persona tiene una autoestima defectuosa que comprender que, durante años, pudo haber estado expuesta a humillaciones, desprecio, bullying, violencia psicológica, coerción, acoso o experiencias sexuales no consentidas que alteraron profundamente la forma en que aprendió a relacionarse consigo misma y con los demás.

A veces no naciste pensando que había algo malo en ti

Una persona puede pasar años escuchando críticas, siendo ridiculizada, comparada, despreciada o tratada como si sus emociones no importaran. Puede vivir una relación en la que cualquier error termina acompañado de burlas, amenazas, indiferencia o humillación. También puede experimentar una situación aparentemente aislada que, por las características del contexto y sus consecuencias, tenga un impacto considerable mucho tiempo después.

No todas las personas reaccionan de la misma manera ante estas experiencias y tampoco una experiencia adversa conduce inevitablemente a un trastorno psicológico. Pero sería ingenuo pensar que lo ocurrido termina necesariamente cuando termina la situación.

A veces sus efectos continúan apareciendo mucho después.

La persona puede empezar a desconfiar de los demás, evitar determinadas situaciones, cuestionar constantemente sus propias decisiones o intentar anticiparse a cualquier señal que pueda indicar que algo malo está a punto de ocurrir.

Con el tiempo, esa forma de protegerse puede convertirse en parte de su vida cotidiana.

La autocrítica puede ser la consecuencia, no el origen

Cuando alguien ha sido tratado durante mucho tiempo como si fuera insuficiente, incompetente o difícil de querer, no resulta extraño que termine reproduciendo esas evaluaciones en su propia cabeza.

“Todo es culpa mía.”

“Soy demasiado sensible.”

“Otros pueden soportarlo y yo no.”

“Nadie me querrá así.”

“No tengo solución.”

Lo preocupante es que estas frases pueden terminar pareciendo descripciones objetivas de la persona, cuando en realidad también pueden entenderse como parte de una historia de aprendizaje.

Por eso, en consulta no me interesa únicamente saber qué piensa alguien sobre sí mismo. Me interesa comprender qué ocurrió antes de que empezara a pensar así, en qué contextos aparecen esas autocríticas y qué hace la persona cuando aparecen.

Porque llamar a todo esto “baja autoestima” puede ser correcto como descripción superficial, pero puede quedarse muy corto para comprender el problema.

Primero intentan protegerse. Después empiezan a temer aquello que utilizan para protegerse

Después de experiencias adversas, las personas pueden comenzar a modificar considerablemente su comportamiento.

Algunas dejan de acudir al colegio o al trabajo. Otras empiezan a aislarse en su habitación. Algunas evitan relaciones porque temen volver a ser rechazadas o descubiertas como “insuficientes”. Otras intentan recuperar desesperadamente la atención de una persona que las ha lastimado, buscando una señal de afecto que les permita sentirse nuevamente valiosas.

También aparecen intentos de escapar físicamente de la situación: viajar lejos, mantenerse fuera de casa durante largos períodos o llenar el tiempo con actividades que permitan no entrar en contacto con aquello que están sintiendo.

Incluso pueden aparecer relaciones casuales, consumo de sustancias u otras conductas utilizadas fundamentalmente para aliviar un estado interno insoportable.

No todas estas conductas tienen la misma función ni todas representan necesariamente un problema. El punto importante es observar qué está intentando conseguir la persona mediante ellas.

Cuando una conducta funciona como una forma de escapar del malestar y el alivio aparece inmediatamente después, puede volverse cada vez más probable repetirla.

Y ahí empieza una transformación silenciosa.

La persona ya no solamente intenta alejarse de aquello que originalmente le hizo daño.

Empieza a alejarse de todo aquello que podría hacerla sentir algo parecido.

El cuerpo también puede convertirse en una fuente de miedo

En algunas personas, después de períodos prolongados de ansiedad y evitación aparecen sensaciones corporales muy intensas: palpitaciones, mareos, temblores, falta de aire, presión en el pecho, sensación de pérdida de control o una impresión repentina de que algo terrible está a punto de ocurrir.

La primera experiencia puede resultar tan intensa que la persona comienza a temer que vuelva a suceder, configurando ataques de pánico a mediano y largo plazo.

Entonces aparece un nuevo problema.

Ya no teme solamente aquello que ocurrió en su historia.

Empieza a temer sus propias sensaciones.

Una aceleración del corazón puede convertirse en una señal de peligro. Un mareo puede interpretarse como evidencia de que algo está mal. Una sensación corporal normal puede desencadenar pensamientos catastróficos sobre morir, perder el control o sufrir una desgracia.

La persona comienza a vigilarse.

Y cuanto más se vigila, más señales encuentra.

Esto puede contribuir a que algunas respuestas de pánico se mantengan y se generalicen a diferentes situaciones. No significa que toda persona que haya vivido violencia desarrollará un trastorno de pánico, ni que todo ataque de pánico tenga el mismo origen. Significa que, en determinados casos, es necesario comprender cuidadosamente cómo se relacionan la historia de la persona, sus respuestas de protección, las sensaciones corporales y las consecuencias que aparecen después.

La vida comienza a reducirse sin que nadie lo note

El problema aparece cuando estas estrategias empiezan a ocupar cada vez más espacio.

Primero se evita una situación.

Después otra.

Luego se necesita estar acompañado.

Más adelante se deja de viajar, de salir, de estudiar, de trabajar o de iniciar relaciones.

La persona empieza a tomar decisiones preguntándose primero si podrá soportar el malestar que podrían producirle.

Y, poco a poco, deja de preguntarse qué quiere hacer con su vida.

Empieza a preguntarse qué necesita evitar para sentirse segura.

Esa diferencia puede parecer pequeña, pero cambia completamente la dirección de una vida.

En consulta he visto cómo algunas personas llegan pensando que necesitan “subir su autoestima”, cuando en realidad llevan años intentando protegerse de experiencias que aprendieron a considerar peligrosas. Su problema no era simplemente pensar mal de sí mismas. Su vida se había ido organizando alrededor de evitar determinadas experiencias.

La evaluación permite entender cómo se construyó el problema

Por eso considero especialmente importante realizar una evaluación antes de lanzarnos directamente al tratamiento.

No me interesa comenzar colocando una etiqueta y asumir que ya conocemos la solución. Una misma manifestación puede aparecer dentro de historias muy diferentes y cumplir funciones distintas.

Necesitamos comprender desde cuándo ocurre, qué situaciones la desencadenan, qué hace la persona cuando aparece, qué consecuencias obtiene y cómo ese patrón se ha ido extendiendo a otras áreas de su vida.

Cuando conseguimos representar todo esto, muchas personas experimentan algo que para mí resulta especialmente importante: empiezan a dejar de verse como personas “rotas”.

Comienzan a observar que muchas de sus conductas tuvieron sentido dentro de determinados contextos.

Quizá no fueron las mejores estrategias para construir la vida que querían, pero fueron intentos de protegerse.

Y comprender esa diferencia puede cambiar completamente la manera de trabajar.

El cambio no consiste en borrar tu historia

Durante la terapia no podemos modificar lo que ocurrió.

Tampoco necesitamos fingir que nunca ocurrió.

Lo que sí podemos hacer es trabajar sobre aquello que la persona hace actualmente como consecuencia de esa historia.

Por eso el cambio se construye conducta por conducta. Identificamos aquello que se ha ido evitando, entrenamos nuevas respuestas y comenzamos a llevarlas progresivamente al ambiente natural de la persona.

Al mismo tiempo, exploramos sus valores y aquello que actualmente da sentido a sus conductas. Porque recuperar una vida no consiste simplemente en hacer muchas cosas.

Consiste en volver a hacer cosas que importan.

Cuando una persona comienza a recuperar actividades, relacionarse nuevamente con los demás, tolerar determinadas experiencias y dejar de buscar desesperadamente validación, algo empieza a cambiar.

Ya no necesita esperar a sentirse perfectamente bien para actuar.

Puedes avanzar aunque el malestar todavía aparezca

Una de las transformaciones más importantes ocurre cuando la persona comprende que avanzar no exige eliminar cada sensación incómoda.

Puede aparecer ansiedad y aun así continuar.

Puede aparecer tristeza y aun así relacionarse con alguien importante.

Puede sentir miedo y aun así hacer aquello que considera valioso.

Puede recordar una experiencia dolorosa sin convertir ese recuerdo en una orden para abandonar su vida.

Eso no significa resignarse al sufrimiento. Significa dejar de permitir que cada aparición del malestar determine hasta dónde puede llegar una persona.

Y quizá ahí encontramos una respuesta diferente a la pregunta con la que muchas personas llegan a consulta.

Tal vez el problema no era que les faltara autoestima.

Tal vez llevaban demasiado tiempo intentando sobrevivir a una historia que les enseñó a desconfiar de sí mismas, de los demás y hasta de sus propias sensaciones.

La terapia comienza a cambiar cuando esa historia deja de ser una sentencia sobre quiénes son y se convierte en información para comprender qué necesitan aprender ahora.

Porque no se trata solamente de sentirse mejor.

Se trata de volver a vivir.

Atención psicológica presencial y virtual

Si sientes que experiencias de violencia, humillación, rechazo, ansiedad o autocrítica han comenzado a limitar tus relaciones, tu trabajo, tus estudios o las actividades que antes formaban parte de tu vida, una evaluación psicológica puede ayudarte a comprender qué está manteniendo actualmente ese patrón.

Brindo atención psicológica presencial en Lima, y también en modalidad online, desde un enfoque conductual contextual y basado en evidencia. El trabajo terapéutico comienza comprendiendo tu historia y el funcionamiento actual del problema para después desarrollar, progresivamente, nuevas formas de responder y recuperar conductas que estén al servicio de aquello que realmente valoras.

No necesitas convertirte en otra persona para recuperar tu vida. Necesitas comprender qué aprendiste, qué está manteniendo actualmente el problema y comenzar a construir nuevos repertorios, conducta por conducta.

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