Cuando el problema no eres tú, sino tu jefe: El daño psicológico de los climas laborales coercitivos

Hay algo que veo con cierta frecuencia en consulta: trabajadores que llegan convencidos de que el problema son ellos. “Creo que no manejo bien el estrés.” “Soy muy sensible.” “Me estoy volviendo muy irritable.” “Tal vez tengo problemas de ansiedad.” Cuando empiezan a contar lo que les pasa, la historia suele repetirse: insomnio, ataques de ansiedad, irritabilidad constante, miedo a equivocarse, incluso crisis de pánico cuando el jefe o el supervisor los llama. El problema continúa cuando…

AUTOESTIMA Y ACEPTACIÓN

Ruben Urquiza

3/10/20264 min leer

Cuando el problema no eres tú, sino tu jefe: El daño psicológico de los climas laborales coercitivos

Hay algo que veo con cierta frecuencia en consulta: trabajadores que llegan convencidos de que el problema son ellos.

  • “Creo que no manejo bien el estrés.”

  • “Soy muy sensible.”

  • “Me estoy volviendo muy irritable.”

  • “Tal vez tengo problemas de ansiedad.”

Cuando empiezan a contar lo que les pasa, la historia suele repetirse: insomnio, ataques de ansiedad, irritabilidad constante, miedo a equivocarse, incluso crisis de pánico cuando el jefe o el supervisor los llama.

Y sin embargo, casi todos llegan con la misma conclusión: “El problema soy yo.” Pero cuando empezamos a analizar el contexto laboral con más calma, muchas veces aparece algo muy distinto.

El clima laboral que enferma

En muchos de estos casos el problema no es la capacidad de la persona para manejar el estrés, sino el tipo de ambiente en el que trabaja.

Ambientes donde los jefes gritan o humillan en público. Donde se compara constantemente a los trabajadores entre sí. Donde se premia al “trabajador del mes” mientras el resto queda expuesto. Donde se repite la frase: “hay una cola larga de gente esperando tu puesto.”

También aparecen otras dinámicas bastante conocidas:

  • Exigencias fuera del horario laboral

  • Presión constante por productividad

  • Promesas de ascenso que nunca llegan

  • Discursos sobre “ponerse la camiseta por la empresa

Todo esto va creando un clima donde el trabajador termina comprando culpa que en realidad no le pertenece.

El aprendizaje silencioso del malestar

Después de meses o años en ese contexto empiezan a aparecer cambios conductuales muy claros. El simple hecho de pensar en ir a trabajar un lunes se vuelve aversivo. Algunas personas empiezan a dormir mal o ni siquiera logran conciliar el sueño. Otras se despiertan antes de la alarma por miedo a llegar tarde. Muchos experimentan ataques de ansiedad cuando reciben una llamada de los jefes o supervisores.

Cuando trabajo empieza a invadir otras áreas de la vida, afectando el ámbito social, familiar, incluso el amoroso, entonces debemos detenernos.

Algunas personas evitan salir con amigos porque siguen trabajando después del horario. Otras recurren al alcohol o a otras sustancias para intentar bajar el estrés. El resultado es un bucle bastante silencioso: el trabajo empieza a ocupar cada vez más espacio en la vida… mientras el bienestar psicológico se deteriora.

Cuando el refuerzo se convierte en presión

Hay un efecto curioso que aparece en algunos casos. Cuando un trabajador recibe reconocimiento, por ejemplo ser “trabajador del mes” eso puede convertirse en una nueva fuente de presión. De pronto aparece una valla cada vez más alta que deben superar constantemente.

El mensaje implícito es claro: Si antes lo hiciste bien, ahora debes hacerlo todavía mejor. Y cuando esa dinámica se mezcla con comisiones, metas extremas o competencia entre compañeros, el resultado suele ser más ansiedad, más incertidumbre y más desgaste psicológico.

El punto de inflexión en terapia

Una de las cosas más importantes que ocurre en terapia es cuando la persona empieza a comprender algo fundamental:

  • Su reacción no es anormal.

  • Lo que está viviendo es la respuesta natural de un ser humano expuesto a un contexto coercitivo.

  • Cuando ese 'darse cuenta' aparece, empiezan a ocurrir cambios importantes.

  • Las personas comienzan a cuestionar la culpa que habían comprado.

  • Empiezan a poner límites a compañeros y supervisores.

  • Algunos consideran denunciar o renunciar.

Y muchas veces sucede algo interesante: cuando alguien se atreve a salir de ese círculo vicioso, termina encontrando espacios laborales donde sí se valora su trabajo.

A veces hay que sacar los dedos del enchufe

Hay algo que me preocupa particularmente. En ocasiones, algunos enfoques terapéuticos se centran únicamente en reducir la ansiedad o la irritabilidad del trabajador sin cuestionar el contexto que las produce. Es como decirle a alguien que aprenda a tolerar mejor el dolor… mientras sigue metiendo los dedos en un enchufe.

La solución no es acostumbrarse a la descarga eléctrica. La solución es sacar los dedos del enchufe.

No tiene sentido entrenar a las personas para que soporten humillaciones, chantajes o violencia laboral. El trabajo puede implicar esfuerzo y responsabilidad, sí.

Pero no hay absolutamente nada que justifique un clima basado en el miedo o la coerción.

Una cuestión también ética

Aquí también hay una responsabilidad ética para quienes ejercemos la psicoterapia. No podemos aprovechar el sufrimiento de las personas para mantener tratamientos eternos mientras ignoramos el contexto que las está dañando.

Nuestro trabajo no es convencer a alguien de que se acostumbre a la violencia. Nuestro trabajo es ayudar a que la persona comprenda el sistema en el que está, recupere su capacidad de poner límites y tome decisiones que mejoren su vida basada en principios vitales.

A veces eso implica cambiar de trabajo. A veces implica denunciar. Y a veces implica simplemente dejar de aceptar lo que durante años creyó que tenía que tolerar.

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